Foro Obligatorio: lectura y escritura de personajes
Cuento seleccionado: "Barba Azul" de Charles Perrault
a- Análisis funcional a partir de los personajes-tipo
b- Detallar la secuencia de la narración según Vladimir Propp
a- Funciones de los personajes-tipo:
- La heroína o protagonista: es Ana, la menor de dos hermanas, hijas dde una dama distinguida.
- El bien deseado: es salvar su vida ya que Barba Azul quiere matarla por haberle desobedecido y haber abierto el gabinete prohibido.
- El antagonista: es Barba Azul, quien se opone a la protagonista Ana y trata de impedir que logre el fin deseado.
- Donante o proveedor: en este cuento sería el mismo antagonista que le concede a Ana unos minutos para rezar antes de morir y ella los emplea en retrasar los hechos para ver si llegan los hermanos.
- El auxiliar: en este cuento serían los hermanos que salvan a Ana.
- En este cuento no hay ningún personaje en la función de falso héroe.
- El mandatario: es la hermana de Ana, quien le avisa a Ana que llegan sus hermanos y les hace señas
b- Secuencia de la narración según Vladimir Propp:
Matrimonio: Ana se casa con Barba Azul.
Prohibición: Barba Azul le prohibe entrar al gabinete al fondo de la galería.
Transgresión: Ana usa la llave para abrir el gabinete.
Descubrimiento: Ana descubre lo que esconde Barba Azul en el gabinete.
Interrogatorio: Barba Azul pregunta por sus llaves.
Información: Ana responde a las preguntas de Barba Azul y finalmente entrega la llave.
Socorro: Ana es ayudada por sus hermanos.
Combate: los hermanos de Ana pelean contra Barba Azul.
Castigo: los hermanos de Ana matan a Barba Azul.
Victoria: Barba Azul es vencido y Ana se salva de la muerte
Matrimonio: Ana se casa nuevamente con un hombre muy correcto.
c- Elegir hasta seis funciones planteadas por Propp y escribir hasta una carilla, de acuerdo a la secuencia elegida, el relato de las alternativas vividas durante una compra de pan.
Secuencia:
Prueba
– alejamiento – socorro – vuelta – reacción.
Como
si comprar pan fuera tan fácil…
Me
desperté temprano. Una brisa fresca soplaba desde el mar y parecía que el día
iba a ser propicio para disfrutar la playa. Lejos de Francia me sentía otra.
Concretar
el viaje a Florianópolis había sido un verdadero logro después de todo, y allí
estábamos, con la familia, abandonados al descanso.
Quise
darles una sorpresa… Durante el año, debido a que no nos levantamos a la misma
hora, nunca podemos desayunar juntos; por lo que se me ocurrió ir a comprar pan
para hacer unas tostadas para el desayuno.
Salí
del departamento y caminé unas cuadras sin ningún itinerario previsto. Una gran
calma reinaba en la pequeña aldea de pescadores llamada Barra da Lagoa. Habían
pasado alrededor de 10 minutos cuando empecé a perder la paciencia y sentirme
algo molesta ya que no encontraba ninguna panadería. Entonces se me ocurrió
preguntar a alguien que cruzara ya que no estaba dispuesta a perder mucho más
tiempo con el asunto de la sorpresa.
A
cincuenta metros de la esquina donde me encontraba había una señora barriendo
la vereda y me dirigí a ella. La saludé y le pregunté amablemente dónde había
una panadería. La señora hizo una mueca que pareció una sonrisa comprometida y
me respondió… ¡En portugués!
¡Y
yo que ni jota sé de portugués! ¡Qué torpe había sido! ¿Cómo ni por un instante
se me ocurrió pensar que no sé hablar portugués, y comprendo unas escasas dos o
tres expresiones?
Le
devolví la sonrisa sin entender lo que me había respondido y decidí volver
hacia la esquina. Me faltaban aproximadamente veinte metros para llegar cuando
vi pasar corriendo por la avenida que interceptaba la calle donde me
encontraba, una pareja, vestidos con ropa deportiva; haciendo ejercicio
mientras disfrutaban el sol matutino.
Resolví
ir tras ellos para preguntarles si podían indicarme dónde comprar pan.
Convengamos que no fue tarea fácil seguirlos corriendo en ojotas, con la bolsa
del mercado al viento y el sol encandilándome los ojos.
Les
grité varias veces y… ¡Malditos auriculares y la costumbre de salir a correr
con esos endiablados aparatos encajados en las orejas! No obstante los corrí
casi dos cuadras. Obviamente no me escucharon y tampoco pude alcanzarlos. A esa
altura me sentía bastante estúpida, estaba agitada, despeinada y había perdido
una ojota. Creí necesario llamar al departamento para avisar que estaba
demorada pero que no tardaría en volver. ¡Qué mañana complicada! Había olvidado
el celular sobre la mesada cuando tomé la bolsa del mercado que se encontraba
colgada detrás de la puerta de la cocina.
¡No
podía sentirme peor! Sólo quería hacer unas tostadas y las cosas se habían
complicado terriblemente, porque además ya no sabía tampoco dónde me encontraba
con exactitud ni cómo regresar al departamento. Las lágrimas comenzaron a
correr por mis mejillas y me sentía abatida.
Fue
entonces cuando se me acercó el portero de un edificio –tenía un balde y un
rollo de manguera en la mano- y pronunció unas palabras. Luego me hizo señas de
que esperase ahí parada.
Dejó
el balde y la manguera y volvió a entrar al edificio. Regresó unos minutos más
tarde trayendo en su mano izquierda un librito. ¡Un diccionario! Un pequeño
diccionario de francés-portugués.
Me
lo ofreció y con él pude hacerme entender para formular la tan ansiada pregunta
“¿dónde hay una panadería?” Terrible fue mi sorpresa cuando lo vi mover
negativamente la cabeza. Me explicó que allí cerca no había ninguna.
Le
dije entonces que además estaba perdida y no sabía cómo volver al departamento
donde nos hospedábamos. Sacó del bolsillo de su camisa un celular y realizó el
llamado. Me indicó que esperara unos minutos al cabo de los cuales un taxi frenó
frente a nosotros. Le agradecí la ayuda brindada y me subí al auto.
Le
di al chofer la dirección y me dijo en perfecto francés que sólo estábamos a
unas diez cuadras. Entonces me sentí ridícula y avergonzada. No pronuncié ni
una palabra mientras transcurrió el viaje.
Llegamos.
Estacionó frente a la puerta del edificio, detrás de un patrullero. Tres policías
rodeaban a mi marido y uno de ellos le daba palmadas en el hombro cuando él
advirtió mi llegada.
Se
acercó corriendo. Me reprochó que saliera sin haber dicho dónde iba y sin haber
llevado el celular.
Sollozando
le conté acerca de la idea de darles una sorpresa con un rico desayuno con tostadas calentitas.
No
me creyó ni una palabra. Comencé a gritarle reprochándole su desconsideración. Él
se mantenía en silencio y me miraba de un modo extraño. Yo seguía gritando.
Entonces él levantó el brazo mostrándome
una bolsa con pan mientras señalaba la vereda contraria. Frente al edificio había
una panadería.
me encantó el relato!
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